Asumir la evaluación psicológica como parte de suma importancia en la práctica profesional implica mucho más que dominar técnicas o aplicar pruebas correctamente. A lo largo de esta fase, comprendí que evaluar es también asumir una postura frente al ser humano, frente al sufrimiento y frente al poder que conlleva interpretar la vida del otro. Figueroa Rodríguez (2012) lo expresa con claridad al señalar que la evaluación no debe usarse para reducir a la persona a “una variable o a un número absoluto” (p. 20), porque hacerlo es confundir técnica con verdad. Esta advertencia me interpela como futura psicóloga, pues me recuerda que los instrumentos no son neutrales, ni lo soy yo al aplicarlos. Toda evaluación es una práctica situada, ética y relacional.
Durante este proceso también pude confrontar la tentación de simplificar, el enfoque positivista, con su promesa de objetividad, puede ser seductor, tablas, baremos, normas. Pero como dice Casullo (1999), evaluar es también “actuar dentro de contextos socioculturales” (p. 104), y en esos contextos los números no bastan. Son las historias, los vínculos y los significados los que dan sentido real a la conducta humana. En este sentido, el construccionismo no solo me ofreció herramientas metodológicas, sino una forma distinta de comprender mi rol profesional. No soy una operadora de instrumentos, soy una co-intérprete de realidades, evaluar desde esta perspectiva me obliga a abandonar la comodidad de la distancia técnica para involucrarme humanamente. Como lo señala Pérez Lalli (2011), el psicólogo se convierte en un “investigador de la subjetividad” (p. 110), y eso requiere sensibilidad, escucha y humildad.
También encontré en el enfoque histórico-cultural una advertencia importante al evaluar sin considerar la historia, el entorno y la cultura del evaluado es descontextualizar su sufrimiento y correr el riesgo de patologizar lo que en realidad es una respuesta adaptativa al contexto. Esta idea resuena conmigo porque me recuerda que no todo malestar es síntoma, ni todo comportamiento necesita corrección. A veces, lo que se necesita es entender el lugar desde donde esa conducta se originó.
En términos prácticos, el modelo de Tapias (2011) me brindó un marco claro, evaluar es un ciclo que se retroalimenta, donde cada decisión se construye a partir de una hipótesis y se verifica en la experiencia. Esta forma de pensar la evaluación no solo organiza mi quehacer profesional, sino que también me protege del automatismo clínico, de diagnosticar por protocolo sin comprender lo que ocurre en profundidad.
Todo esto me lleva a una conclusión personal, y es que la evaluación psicológica no es una etapa del proceso terapéutico, es un compromiso ético con la vida del otro. Evaluar con conciencia, con crítica, con mirada amplia y situada es una forma de resistir el reduccionismo y de ejercer una psicología que realmente transforme. Mi formación como psicóloga se fortalece cada vez que me reconozco como parte activa de los procesos evaluativos, no como testigo distante.

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